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Leer original →Capacidad hay, pero capacidad no hay
Análisis de la situación energética rusa: el desgaste crítico de los equipos, los problemas ocultos del balance excedentario, la dependencia de importaciones y los planes de modernización hasta 2035. Por qué la reserva formal de capacidad no garantiza la seguridad energética.

Los superavitarios años cero
En 2010, según el informe sobre el funcionamiento del Sistema Energético Unificado de Rusia, la capacidad instalada de las centrales eléctricas ascendía a 214 869 MW. Incluso en el día de mayor consumo (26 de enero de 2010), la carga no superó los 151 271 MW. El margen rondaba el 30%: había electricidad de sobra.
Sin embargo, ese excedente se explicaba sobre todo por la débil demanda y por la herencia del sector energético soviético. Entre 1991 y 2010 solo se pusieron en marcha 32,153 GW de nueva capacidad, apenas el 15% del parque total. El resto eran centrales soviéticas. Y ya en la década siguiente, el sector energético ruso se enfrentaría a los desafíos del envejecimiento infraestructural.
Los años 2010, de transición
Las autoridades lo tenían claro: el equipamiento soviético no era eterno. 2010 marcó el punto en que ese "legado" dejó de ser una ventaja competitiva (capacidad amortizada y barata) para convertirse en un riesgo sistémico. Por eso se lanzó el programa de Contratos de Suministro de Capacidad (ДПМ) con una duración de diez años. Su objetivo: estimular la inversión en modernización del equipamiento.
El resultado: entre 2010 y 2020, la capacidad instalada del Sistema Energético Unificado de Rusia creció un 16,29%, pero el consumo aumentó de forma más modesta, un 7,12%. Formalmente, un paso adelante. En esencia, una actualización parcial que dejó plantada una nueva bomba: buena parte de los nuevos equipos eran importados. Tras las sanciones de 2014 y, sobre todo, de 2022, reemplazar o reparar esos equipos se convirtió en una cuestión de logística y geopolítica. Mientras tanto, el "legado soviético" seguía girando, en sentido literal y figurado.
Y ahora, el presente
Rusia llegó a la tercera década del siglo XXI con un problema clave: el desgaste de sus centrales eléctricas. Según datos de Rosstat, el grado de deterioro de los activos fijos superó el 51,5% en 2023. Es decir, en la próxima década habrá que reemplazar o reparar a fondo la mitad del equipamiento de generación.
A finales de 2023, la capacidad instalada era de 263 717 MW. La carga pico (15.01.2024) alcanzó los 168 273 MW. Formalmente, un superávit de más del 33%. Pero la proporción de bloques antiguos sigue siendo enorme, y cada año no solo se vuelven más vulnerables, sino directamente peligrosos. Hay salida a esta situación, pero no es gratis.
Los cuellos de botella de la red eléctrica
La red eléctrica rusa es formalmente única, pero en la práctica es un edredón de retales con zonas quemadas. El primer problema es climático. Las anomalías de 2024 en el sur provocaron cortes: calor extremo, aumento del consumo y averías locales. Un combo perfecto.
El segundo es logístico. Si en la parte europea y en el sur el parque funciona al 80-85%, en el Lejano Oriente ronda el 70%, con el resto en reserva. Pero trasladar energía del Amur al Kubán con solo apretar un botón es imposible: limitaciones de red, líneas desgastadas, escasa capacidad de maniobra.
La tercera es tecnológica. El Ministerio de Energía informa con entusiasmo sobre la reducción de la dependencia de importaciones: del 67% al 38%. Pero basta rascar un poco: el interruptor "ruso" de 220 kV lleva porcelana china, un accionamiento indio y electrónica también china. Un rompecabezas global ensamblado en la región de Moscú.
Qué esperar en el futuro
El Ministerio de Energía y el SO UES pronostican un crecimiento del consumo de 1 196 a 1 298 mil millones de kWh para 2030. Esto representa un +2,1% anual, impulsado por megaproyectos: complejos de GNL en el Este, ampliación del BAM, zonas industriales. Pero el apetito energético de las regiones ya está creciendo.
La pregunta es: ¿qué hacer con el "legado soviético"? La mitad de los bloques térmicos tienen más de 40 años. Para 2035 habrá que dar de baja o reequipar aproximadamente 90 GW de equipamiento. Sin nuevas incorporaciones, la reserva de capacidad podría caer por debajo del 10% ya en 2029.
Hay un plan. Sobre el papel luce prometedor: el DPM-2 contempla la modernización de 41 GW hasta 2031, más 16 nuevos bloques energéticos de Rosatom hasta 2035 (otros 29 GW más). Pero la ejecución de este plan es otra historia completamente distinta. Sanciones, dinero caro, escasez de componentes. Aquí no basta con un plan: hace falta energía de voluntad.